La intencion de este blog es compartir algunas lecturas, asi como sus reseñas y opiniones.

jueves, 21 de agosto de 2014

Diez círculos.

Diez círculos.

Brrrr brrrr brrrrr! 
Es la tercera vez que suena la alarma esta mañana, el tercer lunes que la dejo sonar tantas veces y el tercer mes en el que no sirve de nada.
En mi condición, una alarma no sirve para despertar. Una alarma es un tótem de fe, un anclaje a la realidad y un motor que me echa a andar y me impulsa a soportar todos los desazones de los 10 años. Sería insufrible vivir sin ella en esta existencia pervertida por la adultez.
Como todo lunes, mi primera desgracia es desayunar con mi familia. Hace ya tiempo que deje de hacer preguntas, hace tiempo que dejaron de tener las respuestas. Bien recuerdo cuando ilusamente creía que mi madre me salvaría de cualquier duda. Ahora he notado lo poco que saben los adultos y su necio afán por alejarse de la verdad.

En la escuela poco es diferente, los profesores son otros padres, tan ignorantes como los anteriores. La diferencia es que estos saben mucho, mas nada importante, no hay nada que me puedan explicar. Y los chicos, aquellos que hace un año parecían comprender un poco más, ahora son tan idiotas que parecen adultos. Los peores entre ellos son los maniquíes, aquellos hombrecitos de 10 años con teléfono celular y suéter al cuello. 
Por las tardes solía jugar sólo en el patio o a la orilla del arroyo, cualquier cosa era suficiente y cualquier piedra era fuente de alegría. Todo eso dejó de ser, cuando cayó la última piedra al río. No es que ya no caigan más piedras, seguramente lo hacen, sólo que ya no las veo.
La última piedra cayó en la parte más honda del arroyo, tan honda que me podía meter hasta las rodillas. Era una piedra especial, por eso la guarde para el final, tenía el tamaño perfecto, no más grande que mi pulgar, no más pequeña que mi índice. Y extrañamente redonda para ser una piedra, el agua se había mostrado benévola con ella por miles de años para pulirla de esa manera.
Empezaba a obscurecer, el agua era demasiado fría para tocarla y mis rodillas estaban demasiado raspadas para seguir jugando. Así que solté la última piedra. Podría haberla llevado a casa, pero eso habría sido injusto. Me quede extrañándola mientras caía entre la calma reinante, partiendo el silencio con un ruido ahogado y un estallido sordo al romper el agua. Con gran armonía se creaba un círculo mientras la piedra se esforzaba por depositarse en el fondo. Y vaya que es el círculo más perfecto que el agua haya visto. Seguí con la vista la expansión de su circunferencia a lo largo del arroyo, con la nostalgia de quien sabe acabado lo que apenas empieza. Nunca había odiado tanto la tierra ni visto tan turbia el agua como después de que el círculo perfecto fuera tragado por la orilla. Sólo hasta entonces respiré, y respiré más profundo de lo que mis pulmones podían, tratando de combatir la náusea que me provocaba la ausencia aquel círculo.
Corrí a mi casa tan pronto como pude, subí a mi recámara sin pronunciar palabra, tome mi mochila y puse manos a la obra. Lo intente cientos de veces, cientos de hojas tiradas por la ventana y ni una sola se acerco. Terminé por romper el compás que no podía trazar una maldita curva decente.
Fue esa la primera noche después del círculo. Lo busqué en las paredes y después en mis sueños. Fue también esa la primera noche que la alarma de nada sirvió.
La primera mañana de la inútil alarma desperté y camine en círculos, me até los zapatos en círculos y me cepille los dientes con ademán circular. Mis diez años se resumían en un círculo que nunca acabe de dibujar. No pude engullir alimento por la sorpresa de que un tonto círculo, por perfecto que fuera, me causara la mayor inquietud de mi infancia. Temía que fuera el terrible círculo y no una chica quien me arrebatara mi inocencia. Nunca supe como las chicas lograban eso, pero seguramente era mejor que con el círculo. Resolví poner fin a mi angustia circular recurriendo al más sabio de los seres, mi madre. Y temblando de terror, con una voz apenas audible mascullé:
-¿Dónde esta mi círculo?
-¿Círculo? Habla bien hijo, así ni quien te entienda.
-¡Mi círculo mamá!- arremetí con fuerza.
- No se de que hablas y no has probado bocado, apúrate.

La más sabía entre los sabios no tenía respuesta y culpe a mi falta de claridad para expresarme. Sin embargo tenía otras oportunidades de ser salvado. En la escuela, durante la clase de geografía, camine hacia el maestro buscando la tremenda redondez de mi círculo en sus pupilas. Pero el maldito miope estaba lejos de ser de ayuda. El claro de sus ojos me recordó la tierra, y me aventure a preguntarle si la tierra era un círculo perfecto. Esto no podía fallar, estaba convencido de que mi círculo se había hecho tan grande como la tierra y delineaba todo su contorno. Por lo que me aventure a preguntarle si la tierra era perfectamente circular. Gran decepción me lleve cuando el maldito miope de pupilas deformes me dijo que más que circular, la tierra era elíptica. No tenía idea de lo que eso significaba, y aún así estaba seguro de que no era circular. Ni la tierra, ni la luna cuando es llena, ni el sol.
De entre todos mis maestros debía encontrar aquel que fuera capaz de encontrar mi círculo. Pensé en cada uno de ellos. El de español, por muy agradable que fuera, no sabía más que palabras, y las palabras son todo, menos circulares.
Después de mucho meditar caminando en círculos que apenas merecían llamarse así. Pensé que el maestro de matemáticas podría servir de algo. Le pregunte si existía algún círculo perfecto, y me contesto que no. Un círculo perfecto se puede imaginar pero no puede existir. Y lo dijo con la mayor convicción, aquella propia de quien no sabe lo que dice. ¡Porque yo vi un círculo perfecto! Y seguramente estaban por todos lados, solamente éramos demasiado ciegos, miopes o adultos para verlos.
Con todo mi circular desasosiego y mi elíptico pesar rompí en llanto corriendo al baño de la escuela, en el que los azulejos reflejaban mis deformes lágrimas esféricas que tampoco lo eran. Importunó mi llanto  un sonido rasgado y la visión de unas botas cargando unos pantalones grises y sucios con el tiro en los tobillos. Era el conserje descargando materia que, a juzgar por el ruido cuando caía al agua, tampoco era circular. Me había escuchado llorar y me preguntó que me afligía. Sin perder un segundo le relaté la historia de mi círculo entre lágrimas hasta sentirme más tranquilo. Y como mi última lágrima coincidió con su último papel, salió a tiempo para decirme:
- No se dónde esta tu círculo, ni donde están muchas otras cosas. Así pasa con lo que en verdad importa, pocas veces lo vemos y nunca sabemos donde está.

Sólo entonces comprendí que mi círculo está donde está todo lo que no está precisamente.